Natalicio de Francisco González Bocanegra

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El pasado 8 de enero recordamos el natalicio de Francisco González Bocanegra, autor del himno nacional mexicano, símbolo patrio de unión y de identificación entre los mexicanos. Con esto, creo que está implícita la gran importancia que tiene su legado en nuestro país y en su historia.

No obstante lo anterior, el Himno Nacional Mexicano es uno de los tesoros culturales y simbólicos que tenemos los Mexicanos. Es reconocido internacionalmente como uno de los más bellos a nivel mundial.

La letra de nuestro Himno es un resumen de todos los males que padecieron los formadores de México entre 1810 y 1867 y, por lo tanto, quien la escribió vivió todos esos acontecimientos, y por eso, además de ser literariamente un excelente himno, es un testimonio que debemos recuperar y recordar ante cualquier amenaza extranjera particularmente.

Francisco González Bocanegra nació en 1824, hijo de padres bien preparados y relacionados, con lo cual podemos suponer, junto con su obra posterior, que Francisco tuvo una educación bien cuidada y se movió dentro de una ideología de sólidos principios, entre los cuales se incluía amor y admiración por los héroes de la insurgencia.

Publicó poesías que fueron bien recibidas, su Discurso sobre la Poesía Nacional mereció el aplauso de todos, ejerció el periodismo con estilo muy suelto y mereció ser el director del Diario Oficial; escribió dos obras para teatro, «Vasco Núñez de Balboa» y «Presente Amistoso», que en su momento tuvieron éxito. Pero el aprecio a su obra y a su talento se entiende con mayor amplitud, cuando sabemos que se movía entre lo mejor de las letras de entonces: fue miembro de la Academia de Letrán y fundador del Ateneo Hidalgo, del cual fue segundo presidente, inmediatamente después de Francisco Granados Maldonado, y antes nada más y nada menos que de Marcos Arroniz y de Francisco Zarco. Ciertamente estaba, y está, muy lejos de ser un don nadie.

Su obra, su legado y particularmente la trascendencia de la letra de nuestro himno nacional mexicano, lo convierten en un mexicano digno de honrar por siempre y de poner en práctica, por ejemplo, tener “un soldado en cada hijo de la Patria”. Ahora ya no un soldado en términos militares, si no un “peleador” que luche por las causas que transformen a nuestro país en un mejor lugar para todos quienes habitamos aquí: social, cultural y económicamente.

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