La religión y el amor

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Si bien, en este espacio, no hablamos de temas religiosos ni promovemos a ninguna religión, creemos importante resaltar, como un gran valor de todas las religiones, el amor entre los seres humanos. De esto hablaremos el día de hoy.

Los Alcohólicos Anónimos (AA) tienen una frase en verdad aleccionadora: “Tu Poder Supremo, no importa como lo concibas o como le llames”. Y el Dalai Lama respondió así al famoso teólogo de La Liberación, Leonardo Bloff, cuando éste le preguntó cuál era la mejor religión: “aquélla que te hace mejor ser humano”, dijo.

Ahora bien, aun cuando ambas frases se refieren a un individuo, realmente son aplicables a todas las comunidades que creen en un ser supremo, o que mediante una creencia común pretenden ser personal y socialmente mejores seres humanos. Esto incluye a los Ateos, pues conciben a la Naturaleza como un ser supremo y a la materia como un ser eterno: pues “no se crea ni se destruye, se transforma”.

¿De qué estamos hablando en realidad? De la inquietud del ser humano por la trascendencia de sí mismo, y de las comunidades humanas que comparten esa inquietud y proponen una solución común, mediante lo que llamamos sistemas religiosos, los cuales han surgido por millares en la Historia según las regiones geográficas y las culturas que se han desarrollado en ellas. Y todos esos sistemas son buenos en cuanto hacen a sus practicantes mejores seres humanos, porque las religiones son propuestas para una mejor forma de vida con el fin de trascender.

Por lo tanto, las religiones son una excelente forma de identidad ideológica, que se reconocen por el culto común, y también, y esencialmente, por la práctica visible de los comportamientos de sus seguidores de acuerdo a los principios que proponen para ser mejores y para trascender.

Esto significa, ni más ni menos, que las religiones son efectivamente una propuesta, que se hace o no realidad en quienes son sus seguidores.

Y es notable que todas las religiones tienen un Principio fundamental y común: el amor. Expresan de manera diferente ese amor o una forma de amar; pero igualmente coinciden en el amor a ese Ser Supremo en el que creen, no importa cómo le llamen, en el amor a sí mismos como personas, a la Humanidad y a toda criatura de ese Ser Supremo.

Es por ello que es socialmente tan importante la identidad ideológica en las religiones, la cual tendrá tantos y mejores efectos en cuanto realmente se convierta en una práctica de amor. Es claro lo contrario: quien dice pertenecer a una religión y creer en el Ser Supremo que propone, y en la práctica no ama conforme a los Principios de esa religión, de manera manifiesta niega lo que sólo afirma con palabras.

Por eso, si bien todas las religiones son respetables, sea nuestra admiración por quienes a la par de una creencia realizan prácticas de amor según los Principios de su religión. Si esto se cumpliera, la Historia de la Humanidad sería diferente, y las relaciones humanas de la actualidad tendrían una mejor proyección.

Cuentan que Einstein escribió a su hija una carta en la que se quejaba de que no hubiéramos sido capaces de crear “una bomba de amor”, que sería mucho más poderosa que las más destructivas “atómicas” de su tiempo. Sin embargo, si coincidimos con todo lo anterior, es seguro que una poderosísima bomba de amor se puede construir mediante la práctica amorosa según los Principios de las religiones a que decimos pertenecer… Pues habrá que hacerlo, iniciando por supuesto por el amor a nuestros compatriotas.

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