
Ante los abusos de la dictadura Santanista, y habiendo colmado la paciencia del pueblo mexicano, que vio lastimado su orgullo y su soberanía con la venta de La Mesilla (1853), se inició una de las guerras civiles de mayor trascendencia en la formación social, civil y cultural de los mexicanos, La Revolución de Ayutla, la cual encontraría su mayor éxito en la formulación de la Constitución Liberal, promulgado precisamente el 5 de febrero de 1857.
La revolución de Ayutla fue en verdad un movimiento del pueblo, por eso la relativa facilidad con que triunfó. La nueva generación de mexicanos que la hicieron acababa de vivir y sufrir los efectos desastrosos de la guerra contra los Estados Unidos (1846-1848), Esa generación de 1850 era más ilustrada que las anteriores. Conocía los principios del derecho público y los beneficios de la soberanía popular: no podía conformarse con la dictadura ni sus abusos.Se lanzaron a la lucha por la libertad, la soberanía y la libertad, y triunfaron.
Sin embargo, por esas aparentes incongruencias de la historia, el Liberalismo cuarenta años después prohijó una nueva dictadura, la de Porfirio Díaz, y surgió una nueva revolución, la primera por cierto de corte social en el nuevo mundo del naciente Siglo XX.
Se habían presentado de nuevo algunas de las características que trataron de evitarse con la Revolución de Ayutla y la Constitución de 1857. Surgieron nuevas clases terratenientes, los “hacendados”, estuvieron vigentes de hecho los privilegios y los fueros, las enormes concesiones a las compañías y gobiernos extranjeros, y con todo ello “la peonada a nivel de esclavos”, carente de libertades fundamentales para el ser humano, como la de conciencia, la de imprenta, la de traslado, la de manifestación, o la de dedicarse cada quien al ejercicio de un oficio o profesión de su preferencia. Por eso la nueva Revolución de 1910 se llamó inicialmente “Constitucionalista”; es decir, que luchaba por la vigencia de la Constitución de 1857; posteriormente los revolucionarios se dieron cuenta de que necesitaban hacer una nueva Constitución, y la formularon y promulgaron el 5 de febrero de 1917.
Para terminar, vale la pena recordar estas palabras del constitucionalista, general Franciscos J. Múgica, que de alguna manera resultan muy actuales: “El remedio para nuestros males está en los principios; en la honradez, en los procedimientos abiertos al público, en la ecuanimidad; en todo eso que debe constituir la fuerza de un gobierno por la confianza que debe inspirar en todos sus gobernados, en los extranjeros, en todos los intereses que representa”.