
A propósito del 173 Aniversario de los “Niños Héroes” que ahora conmemoramos, es bueno advertir que los mexicanos conscientes no denigran a los héroes de México, los estudian con mente y corazón abiertos, y los respetan, aunque no lleguen a amarlos. Muchos han publicado críticas poco comedidas sobre lo sucedido ese 13 de Septiembre de 1847, cuando la norteamericana, en la defensa del Castillo de Chapultepec; pero nosotros seremos aquí objetivos y dejaremos que nuestros lectores formen su propio criterio. Debemos advertir que todo eso sucedió en defensa de nuestro territorio, de nuestra nacionalidad, de nuestros valores y nuestras tradiciones. La guerra se perdió por muchas causas, pero este ejemplo de los “Niños Héroes” debe perdurar. Veamos:
Juan de la Barrera es descendiente de una familia criolla de importancia durante el virreinato y los primeros años de la Independencia; nació en la ciudad de México en 1828, hijo del teniente coronel Ignacio María de la Barrera y Troncoso y de María Josefa Inzaurraga. Tenía el grado de Teniente a los 19 años de edad, cuando se enfrentó a los norteamericanos con 160 hombres bajo su mando, y la defensa de su fortificación fue tan encarnizada que el general John A. Quitman ordenó poner frente a ellos una batería que disparó a discreción destrozándolos a todos.
Vicente Suárez, nació en la ciudad de Puebla en 1833. Por su corta edad lo destinaron como centinela, pero fue precisamente en el rumbo de “la glorieta”, por donde se presentaron los primeros soldados invasores. Vicente, dicen las fuentes (Ignacio Molina y Vicente T. Cuellar, entre otros), “marcó el alto” a los estadounidenses, quienes dudaron en atacar a un niño de 14 años, pero cuando Suárez disparó hiriendo a algunos y encajó su bayoneta en el estómago de otro, lo despedazaron a bayonetazos.
Agustín Melgar nació en Chihuahua en 1829. Fue el único de los 6 que no murió el 13 de Septiembre sino el 14. Fue hijo del Coronel Esteban Melgar y de María de la Luz Sevilla; quedó huérfano desde los 6 años, vino a la ciudad de México e ingresó al Colegio Militar en 1846. A los 18 años le tocó defender “la escalera del lado norte del mirador”, donde se batió contra el enemigo estadounidense: recibió dos heridas de bala, en una pierna y en un brazo; así herido peleó a la bayoneta hasta recibir otra herida en el costado derecho, entonces corrió cojeando a parapetarse tras unos colchones en una habitación, donde siguió disparando, hasta que cayó desmayado. Los soldados invasores por respeto a su valentía lo levantaron y lo llevaron a la biblioteca, donde un médico gringo intentó salvarlo cortándole la pierna herida, pero por lo que haya sido lo abandonó. Agustín murió desangrado, lo encontraron al día siguiente de la batalla.
Francisco Márquez, nacido en Guadalajara, Jalisco, en 1834; era el más joven, con apenas 13 años. Hijo de Micaela Paniagua. Había ingresado al Colegio Militar en enero de ese año, seguramente por influencia del esposo de su madre, el capitán de Caballería Francisco Ortiz, quien en enero peleaba contra los invasores en Coahuila. Su cadáver fue encontrado junto al de Juan Escutia
Juan Escutia, nació en Tepic en 1827; en el momento de la batalla tenía19 años, y acababa de darse de alta unos días antes. Poco se sabe de su vida: pero ciertamente murió con honor en combate.
Fernando Montes de Oca, originario de Azcapotzalco, Veracruz, entre 1830-1832 (15 a 17 años); hijo de José María Montes de Oca, quien murió siendo Fernando un niño. Ingreso al Colegio Militar en enero de 1847, pues “viendo lo invadido que está nuestra república y queriendo serle útil en la actual guerra con los Estados Unidos del norte”. Fue él quien saltó desde una ventana para reforzar a los cadetes que todavía peleaban en el Jardín Botánico, pero “fue cazado a balazos por los norteamericanos”, así dice el parte de guerra que lo acredita. Por este hecho se dice que “saltó envuelto en la bandera para evitar que fuera mancillada”, pero no está acreditado por ningún documento ni testimonio.
Las Leyendas dicen que fue Juan Escutia quien se arrojó envuelto en la bandera mexicana, pero en realidad quien fue “cazado” a balazos al brincar para ayudar a sus compañeros fue Montes de Oca. También se dice que Juan Escutia se lanzó envuelto en la bandera de los cadetes, y esto da lugar a las confusiones. Lo real es que las leyendas sobre el salto con una u otra bandera para impedir que fueran mancilladas, nacen de la condición humana para sentirnos identificados con un ideal, con un futuro compartido, y si así lo entendemos a partir del 13 de Septiembre de 1847 en defensa de los invasores norteamericanos, debemos conservarlo y amarlo; precisamente ahora lo estamos necesitando y hay que practicarlo.
Para terminar recordemos que con la asistencia del presidente Miguel Alemán, del cuerpo diplomático acreditado, y de cadetes y representantes del Colegio Militar, en 1947 fue develada en el muro de honor de la Cámara de Diputados la leyenda en letras de oro: “A los Niños Héroes de Chapultepec”, recordando el centenario de su sacrificio. El diputado Manuel Antonio Romero resumió así el sentir de todos: “Los cadetes muertos, heridos y prisioneros se ofrecieron en holocausto como si supieran que su sacrificio era la levadura necesaria para la integración espiritual de México en una verdadera nacionalidad.” Así fue, así es, y así será mientras haya mexicanos honrados que valoran en la Historia Patria los fundamentos de nuestro futuro.