
En fechas recientes celebramos el día del niño en México y, como es costumbre en este espacio, vimos una buena oportunidad en ofrecer una versión, poco conocida, del niño Miguel Hidalgo, quien a la postre se convirtiera en uno de los principales héroes de la Independencia de nuestro país.
El 8 de Mayo de 1753 nació en la hacienda de San Diego de Corralejo, del partido de Pénjamo (actualmente en Guanajuato), un niño al que bautizaron con el nombre de Miguel Antonio Ignacio Hidalgo Costilla y Gallaga Mandarte y Villaseñor. Fueron sus padres don Cristóbal Hidalgo Costilla y doña Ana María Gallaga, quienes vivieron en Corralejo toda su vida de matrimonio, y ahí murieron ambos. Don Cristóbal fue administrador de la hacienda, cuya dueña era la señora Josefa Carracholi y Carranza, desde 1748 hasta su muerte por el año de 1790, lo que habla muy bien de su laboriosidad y de su honradez.
Miguel tuvo un hermano mayor, José Joaquín, y cuatro menores: Cesáreo (que murió muy niño) Mariano, José María, y Manuel. Fue, pues, una familia dedicada a las labores del campo, desde la siembra y cosecha hasta la ganadería. Levantarse en la madrugada a las labores del día, y dormir en cuanto cayera la noche.
Estamos tan acostumbrados a ver los cuadros y pinturas de don Miguel Hidalgo como un anciano cincuentón y medio calvo, que nos cuesta trabajo imaginarlo como niño. Y menos cuando no hay ningún documento ni testimonio que nos cuente de él o de su familia en los años de la infancia de los hermanos Hidalgo Costilla. Lo cierto es que fue Miguel un niño muy inquieto, pues de cierto sabemos que lo era todavía como joven estudiante en la antigua Valladolid, antes de ingresar al seminario. Otra cosa sabemos de cierto: en Corralejo don Miguel se hizo un excelente jinete y un buen conocedor de los animales. Tenemos testimonios de que desde joven le encantaba montar a caballo ¡y torear a caballo y a pie! También sabemos que le gustaba mucho la música, que incluso “tocaba la guitarra por punto” (es decir, por notas), y de todo eso las bases fueron sin duda sus años de infancia y de adolescencia en Corralejo. El sol, el polvo, los ríos, los barbechos, los caballos y las comidas de la olla y cazuela de barro, corretear los pollos o brincar las cercas de piedra fueron parte de su niñez.
Un niño medio güero, de ojos azules, de buena estatura para su edad, lleno de polvo y de sudor corriendo por los patios de la casa después cumplir lo que le tocaba de labores en el campo, más parecía destinado a ser un buen ranchero, quizás un hacendado, que un cura revolucionario. Un niño y un adolescente vivaracho y alegre que en Corralejo ni él ni nadie podrían imaginar los enormes acontecimientos que desataría a los cincuenta y siete años cumplidos, en septiembre de 1810. El camino que comenzó en Corralejo fue largo, y lleno de grandes desafíos; pero la fortaleza y la templanza nacieron “allá, en el rancho”.
Bueno, pues en esto también don Miguel puede servirnos de ejemplo: no sabemos cuáles serán los caminos que nuestros niños tendrán en la vida; los niños bajo nuestro cuidado como familiares o como tutores. Por eso es nuestro deber darles la mejor preparación intelectual, física y moral, para que cualquiera que sea el papel que les toque en la sociedad lo cumplan a cabalidad en su propio provecho y en la sociedad a que pertenezcan. Que así sea.








